Más que amor frenesí…
Hacía poco más de un mes que había llegado a Miami tras una larga temporada en Barcelona. El romance nació inesperadamente una tarde de febrero en el Hotel W de South Beach. Aún sabiendo que la velada prometía, estaba lejos de saber que la experiencia sería sublime, extraordinaria. Se trataba de un seminario de maridaje de sushi y vino conducido por el afamado chef inglés Thomas Buckley y el conocido sommelier Josh Wesson. El primero actualmente funge como encargado de los fogones de Nobu Miami, mientras que el segundo se gana la vida casando a la perfección bebidas y platos.
Aquello fue un encuentro maravilloso. Cinco platos, cinco vinos. Una experiencia sorpresiva, cercana al amor. Envuelta en esa aura de euforia y éxtasis decidí conocer de primera mano lo que muchos llaman uno de los templos del mejor sushi del mundo, al menos uno de los más innovadores y transgresores. La próxima parada obligatoria para reafirmar el recién nacido romance sería visitar la casa de Buckley en el número 1901 de la avenida Collins en Miami Beach.
A pasar de la fama que le precede visitar el comedor de Nobu Miami supone un viaje sensorial por varios continentes. Su propietario Nobu Matsuhisa ha sido durante décadas uno de los líderes de la llamada cocina fusión japonesa. Su cocina marcada por una clara influencia peruana ofrece al paladar una explosión de sabores que permanece durante días intacta.
Sin grandes pretensiones el Nobu Miami y la puesta en escena del restaurante no anticipan lo que está a punto de suceder. El ambiente es ruidoso y un tanto oscuro, en su espacio decenas de camareros parecen danzar entre platos y comensales, aún así hay espacio para el amor.
La academia define el amor como ¨el esmero con que se trabaja una obra deleitándose en ella¨. Lo nuestro fue un flechazo. Entre los platos más memorables de la noche destacaron el bacalao negro cocido a fuego lento en miso seco, el sashimi de scallops vivas o los tacos de sashimi de atún. Al margen de los tres ganadores, la mesa se llenó de una gran variedad de delicias regadas con vinos blancos e incluso tintos. Recuerdo que el sabor a lima y miso regresaba una y otra vez provocando la misma sensación de nuestro primer encuentro.
A punto de echar el cierre y embriagada de sensaciones y placer me atreví a endulzar la noche con un pastel de chocolate con helado de café y espuma de lúcuma. Una manera grandiosa para terminar una jornada que marcaba una nueva era, finalmente comenzaba a navegar en la nueva ciudad que me habita: Miami.
Postcard: Jamaa el Fna (2009)
Festival l´hora del jazz a Gràcia
Este domingo, 5 de septiembre, comienza una vez más el Festival l´hora de jazz a Gràcia en la Plaça de la Vila. Como cada año en plan es el mismo: primer concierto a las 12h y el segundo a las 13h. Indispensable llevar pareo, periódico y cervecita.
Oda a Firenze
Empezaba así: Aquí he pasado varias comidas, cenas…he compartido en mesa con desconocidos. A veces pagué, otras no lo sé. Me enamoré perdidamente de aquel maravilloso pecorino de Pienza que aún permanece en mi paladar y del chianti que pintaba mis labios…Luego olvidé cómo terminaba la nota, perdí los papeles.
Después tuve otras sensaciones. Recuerdo la última noche, que siempre serán las mejores, mirando al Ponte Vecchio y recibiendo lecciones de conquistas. Según mi querido amigo L en Florencia todos le conocen por sus aptitudes de cama. Intenté sacarle algo mientras compartíamos una cerveza y algunas caladas de cigarro.
Las ciudades están hechas de afectos. Nada como visitar a tus querencias para amar el viaje. Florencia, la ciudad hermosa que encandila, es mucho más que el Duomo, que el Palacio Pitti, que la magnífica Galería Uffizi, que Miguel Ángel, el David o la Venus de Boticcelli. Es otra cosa. Allá los servicios se comparten y la gente entra de dos en dos, la ducha se toma con la ventana abierta, la sobremesa es eterna, son endogámicos y desacomplejados, se follan unos a otros sin el mayor reparo, el vino sale directamente del grifo, te invita a lo que sea, ponen pétalos de rosas en tu caña, las terrazas miran al infinito, la belleza ciega, las risas no tienen fin, el agua es fría y la cerveza caliente.
En la Toscana abandoné mis fobias, recobré la felicidad y algún kilo, comí zanahorias y tomates sin parar. Asumí, como dice L, que para continuar el viaje basta con ser guapa, simpática y en ocasiones inteligente.












