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Más que amor frenesí…

08/12/2011

Hacía poco más de un mes que había llegado a Miami tras una larga temporada en Barcelona. El romance nació inesperadamente una tarde de febrero en el Hotel W de South Beach. Aún sabiendo que la velada prometía, estaba lejos de saber que la experiencia sería sublime, extraordinaria. Se trataba de un seminario de maridaje de sushi y vino conducido por el afamado chef inglés Thomas Buckley y el conocido sommelier Josh Wesson. El primero actualmente funge como encargado de los fogones de Nobu Miami, mientras que el segundo se gana la vida casando a la perfección bebidas y platos.

Aquello fue un encuentro maravilloso. Cinco platos, cinco vinos. Una experiencia sorpresiva, cercana al amor. Envuelta en esa aura de euforia y éxtasis decidí conocer de primera mano lo que muchos llaman uno de los templos del mejor sushi del mundo, al menos uno de los más innovadores y transgresores. La próxima parada obligatoria para reafirmar el recién nacido romance sería visitar la casa de Buckley en el número 1901 de la avenida Collins en Miami Beach.

A pasar de la fama que le precede visitar el comedor de Nobu Miami supone un viaje sensorial por varios continentes. Su propietario Nobu Matsuhisa ha sido durante décadas  uno de los líderes de la llamada cocina fusión japonesa. Su cocina marcada por una clara influencia peruana ofrece al paladar una explosión de sabores que permanece durante días intacta.

Sin grandes pretensiones el  Nobu Miami  y la puesta en escena del restaurante no anticipan lo que está a punto de suceder. El ambiente es ruidoso y un tanto oscuro, en su espacio decenas de camareros parecen danzar entre platos y comensales, aún así hay espacio para el amor.

La academia define  el amor como ¨el esmero con que se trabaja una obra deleitándose en ella¨. Lo nuestro  fue un flechazo. Entre los platos más memorables de la noche destacaron el bacalao negro cocido a fuego lento en miso seco, el sashimi de scallops vivas o los tacos de sashimi de atún. Al margen de los tres ganadores,  la mesa se llenó de una gran variedad de delicias regadas con vinos blancos e incluso tintos. Recuerdo que el sabor a lima y miso regresaba una y otra vez provocando la misma sensación de nuestro primer encuentro.

A punto de echar el  cierre y embriagada de sensaciones y placer me atreví a endulzar la noche  con un pastel de chocolate con helado de café y espuma de lúcuma. Una manera  grandiosa para terminar una jornada que marcaba una nueva era, finalmente comenzaba a navegar en la nueva ciudad que me habita: Miami.

 Publicado en: Suburbano
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